viernes, 31 de julio de 2015

REBECA

La mano con un guante blanco coge el machete con filo endemoniado, lo levanta y zas va hacia su objetivo. ¡Ayyyy! chilló Rebeca que en lugar de cortar la cola del pescado le cayó en el indice de la mano izquierda; si no fuera por el guante grueso se hubiese volado un dedo. Pero no, un corte profundo que sangraba como un río. El grito fue desgarrador que asustó a todo el supermercado, lugar donde trabaja. De inmediato fue llevada al tópico del establecimiento, le saturaron la herida, un poco de gasa y listo ha trabajar se ha dicho.

Rebeca trabajó las cuatro horas que faltaban para salir del trabajo; lo hizo con un dolor inmenso. No le quedaba otra, tenia que seguir adelante, le quedaban cinco días para cobrar su mensualidad y largarse. 
-No puede ser-se quejaba- los trabajadores somos tratados peor que animales, somos explotados, y sucede en todos los grandes supermercados de todo el Perú.


Habló con su jefa y le pidió pasar a caja, le admitieron. En su nuevo puesto no había forma de cortarse los dedos, pero era peor que eso. El supermercado estaba en una zona de clase alta de Lima. De modo que todos los días tenía que soportar las majaderías, desplantes de las señoras de mirada levantada que ataviadas de joyas de oro y demás rarezas llegaban a comprar.



-Seguro que eres nueva- dijo una señora de mas o menos 52 años, cabello rubio, alta guapa, bien conservada, ni un rollo en el abdomen,  seguro que todos los días comía ensaladas para estar regia y despertar miradas libidinosas de los varones. Vestía muy ceñido, lucía provocativa pero con gestos nada humildes, todo le apestaba. Esa manera de ser seguro le daba el dinero por que pagaba con tarjeta de crédito infinita que puedes comprar desde un tarro de leche hasta una casa, un yate. 

-Me cambian de caja, esta chica es nueva -mirando con desdén a Rebeca , seguro se va a demorar y no estoy para perder tiempo -ladró la mujer- al mismo tiempo que los chicos asistentes le pasaban sus cosas a otra caja.


El desplante por parte de la vieja rubia fue fulminante para Rebeca que se sintió mal, pero continuó con su labor. Su compañera de a lado le dijo: no te preocupes seguro que su marido no la maltrató bien anoche, las dos rieron sin hacer ruido. La sonrisa no le duró mucho; a los pocos minutos tuvo un pequeño accidente, la faja que transporta las cosa le cogió la palma de la mano derecha, tuvieron que ayudarla para salvar el mal momento, le dolió poco, igual se fue al tópico, le pasaron una pomada y de inmediato regresó a su puesto de trabajo.

                      



El siguiente día fue diferente para Rebeca, tan distinto que le cambiarla la vida. Sentada en su caja llegó un tipo con lentes, de barba rala, agraciado  y siempre sonriente, iba acompañado de su hijo de cinco años. Él forzó en ir a la  caja donde estaba esa chica que le movía el piso. En pleno ajetreo con los productos ella observó que el hombre la miraba con ternura, no lo podía creer. El tipo al momento de pagar le entrega a furtivas su tarjeta de presentación, al reverso había escrito algo que la emocionó: "espero tu llamada". 

Esa noche Rebeca antes de dormir pensó mucho en ese hombre, no era guapo pero tenia un magnetismo especial. Seguro me quiere para sexo se preguntaba. Los hombres son así. Dejó de reflexionar para no romperse la cabeza, no quería sufrir, había tenido una decepción, una más, ya no y se durmió. 

Por coincidencia a la semana llegó la rubia déspota y detrás estaba Vicente. La vieja millonaria al verla le dijo; me supongo que en una semana has aprendido por que yo quiero rapidez, ella asintió. La vieja empezó con su metralla, por favor en doble bolsa, apúrate hijita mas rápido, levantaba la voz, que ponía nerviosa a Rebeca. Vicente la quedaba mirando a la rubia por la vejación a la chica que le gustaba , una vez que la señora se alejó, él se acercó con sus productos y susurrando le dijo: no me llamaste, hazlo en la noche, ella sonrió mirándolo con amor.


Rebeca lo llamó, se encontraron, se conocieron bien, salieron muy seguido, el noviazgo vino solo, él le dijo para casarse, ella aceptó. Todo estaba asegurado, le dijo que ya no trabajé en el supermercado, que como empresario todo estaba bajo control.

Llego el fin de mes, Rebeca cobró. Tenía que renunciar, pero no lo hizo. Al día siguiente fue a trabajar, tenía algo pendiente que arreglar, quería encontrase con la rubia déspota que la trató mal. Para suerte, la vieja pituca llegó con su carrito lleno de cosas pero no fue a su caja se pasó a la del costado, lo tenía todo bien calculado; ya había cobrado, iba a casarse con un empresario, no tenia nada que perder. Abandonó su caja y se puso frente a la señora, le dijo de todo, la insultó levantando la voz, le recordó a su madre. Tuvo que intervenir la seguridad para acabar con la trifulca. Al final se despojó de su uniforme y dijo: renuncio y salio del establecimiento. Afuera lo estaba esperando su futuro esposo en su camioneta, él la besó, rieron y se fueron sin rumbo. 





martes, 30 de junio de 2015

BUEN TRABAJO

Luego de salir de la ducha María Luisa se acicala frente al espejo grande de la cómoda de su cuarto, se da los últimos toques de maquillaje, se cepilla el cabello, se echa perfume francés, se observa en el espejo como diciendo: ¡estoy regia, preciosa! no había dudas, con su 1.70 cm, admirable, curvas en su lugar, unos ojos verdes matadores y linda sonrisa. Luego del ritual de embellecimiento se dirige a la sala de la casa donde están sus hijos y su esposo, se despide de ellos diciendo: me voy a trabajar -cuídate- le dicen sus hijos; sonríe, sale apresurada -no llegues tarde- le dice el marido, ella mirando su reloj de pulsera voltea y le guiña un ojo.
María Luisa vestida con una minifalda dejando ver sus firmes piernas se va a trabajar. Viernes 9 de la noche, llega  a una peña restaurante donde cada fin de semana luce lleno, donde los oficinistas llegan a relajarse toda la noche después de una semana ardua de trabajo. El lugar es acogedor donde hay buena comida, abundante cerveza, pisco sour, y una orquesta que pone a todos a bailar.


En el local se reunió con Fabiola, Carlos y Ricardo, amigos del trabajo. Estaban en pareja, empezaron a trabajar. Bailaron, tomaron cerveza de manera moderada, comieron algo; siguieron divirtiéndose, bebiendo. Los cuatro lo hacían tan natural que no despertaba las sospechas de nadie. Ellos observaban todo el movimiento de los mozos, también miraban fijamente a la guapa chica que oficiaba como cajera.



Eran las 2 de la madrugada, el local reventaba de gente, la bulla de la orquesta no dejaba conversar, pero sí animaba a bailar. Los cuatro amigos se miraron y entendieron que era hora de actuar. Sentados en la mesa después de bailar "el periódico de ayer" de Héctor Lavoe pidieron la cuenta al mozo, éste les dice: son 120 soles. María Luisa que comandaba el grupo de trabajo saca un billete de 200 soles y le dice Boleta por favor, el empleado hace una mueca desagradable y se retira, demora cinco minutos y regresa con el cambio y un papel simple que no era boleta de venta.



De inmediato los cuatro se levantan y se dirigen a la caja, sacan su fotocheck y se identifican: de la SUNAT señorita, la cara pálida de la cajera lo dice todo, ¡nos agarraron! musitó. La fiesta no se detuvo, seguía la música, pero los agentes encubiertos hicieron su trabajo y el establecimiento seria cerrado por una semana por no entregar boletas y facturas, con lo cual evadían al fisco.



María Luisa y su grupo continuaron trabajando de noche realizando un gran trabajo sin despertar sospechas, cerrando establecimientos a los infractores. Lo malo que ese dinero que se recauda para el erario nacional sea saqueado después por los malos funcionarios y políticos de turno quienes se comportan como unos vulgares delincuentes.



     

jueves, 30 de abril de 2015

CARRERA AL INFIERNO

Era una noche de verano en la costa verde de los años ochenta, época de la buena música que ahora todos recuerdan con nostalgia. La canción "cuando pase el temblor" de Soda Stereo sonaba en el toyota corona del 79, pero bien tuneado de Claudio. Era el gran día de los piques, ilegales claro está. Eran una veintena de jóvenes que estaban con sus bólidos de todos los colores esperando el momento favorable y disfrutar de la velocidad y destreza en el manejo. 
Antes de empezar la fiesta de los piques todos los chicos empezaron con la previa; sazonarse como debe ser. Todos tenían su chata de ron en la mano y empezaron a beber para calentar el cuerpo y ponerse eufóricos. Claudio era el líder, el entusiasta del grupo, veinte años, estudiante de derecho, un metro ochenta, cabello castaño oscuro, mirada risueña, rostro ovalado, dentadura imperfecta, (los brackets no estaban de moda en esa época) delgado, tenia el cuerpo bien formado, esculpido como los descerebrados muchachos de "esto es guerra" y le gustaba mucho el ron como que en ese momento se toma un buen sorbo, sacude la cabeza y dice; ¡que buen trago carajo! al mismo tiempo que del bolsillo de su camisa saca un porro de marihuana, lo enciende y le da una pitada profunda, tose y dice: ¡Chucha! esto está bueno, ahora yo mismo soy.

La noche era espléndida, la luna llena, de modo que había cierta claridad del panorama de la costa verde de entonces que ha diferencia de hoy lucia muy abandonada con la pista con muchos huecos, la berma central con árboles, piedras grandes y bloques de cementos que le daban una vista desordenada. Las estrellas, las nubes que se desplazaban y la linda luna eran testigos de lo que iba acontecer aquella noche.


Claudio camina tres metros donde estaba su bólido color rojo sangre, eran las dos de la mañana. Enciende su auto, acelera fuerte, la bulla se escucha hasta los quintos infiernos, se pone en linea de inicio con su competidor, un toyota celica verde limón. Se da la partida y los bólidos salen como alma que lleva el diablo.

El toyota sale primero, el celica no se queda atrás y trata de alcanzarlo, logra su cometido, los dos iban parejo. Claudio estaba muy eufórico, loco, la marihuana ya había surtido efecto y acelera a fondo, no puede dominar una curva y sale disparado, el auto se eleva y da tres vueltas de campana, ahí quedo todo, la maquina destrozada. El silencio era total, todos fugaron, dejando a Claudio agonizando.

Pasó una semana y Claudio abrió los ojos, estaba vivo. El médico le dijo: te salvaste, pero tus piernas quedaron trituradas; no podrás caminar en toda tu vida; el muchacho gritó, no que quería aceptarlo, sus padres trataron de consolarlo, sin lograr tal propósito, seguía llorando, tuvieron que sedarlo.

Estuvo con tratamiento psicológico, como dos años, paulatinamente iba aceptando su nueva condición, pero siempre se lamentaba haber asistido aquella noche fatal a los malditos piques ilegales, (también hay legales que se realizan en el autódromo de la Chutana y que son una invitación al infierno, allí murió el papá del futbolista Juan Diego Vigil) que ya no podrá jugar nunca al fútbol, deporte que amaba y que las chicas ya no lo verán como antes, su enamorada lo dejó, se quedó solo y eso lo deprimía y lloraba. Ahora se moviliza asistido con muletas que serán su compañera de toda la vida. 


martes, 31 de marzo de 2015

LA VENGANZA DE ANATOLIO

Una gruesa lagrima corría por la mejilla roja de Anatolio que se puso melancólico al recordar los tristes episodios vividos en su natal Ayacucho. A sus doce años trataba de entender porque a su corta edad la vida le era adversa; perdió a su padre en manos del terrorismo y su madre desapareció. Con una mirada casi perdida observaba - a través de la ventana del bus que lo traía a Lima- el panorama del lindo paisaje de la serranía; montañas grandes, verdes; arboles gigantes; abajo el río se veía como una serpentina. No tuvo miedo al abismo, acostumbrado a subir quebradas detrás de sus ovejas, dicho paisaje le parecía familiar.


Un tío, hermano de su padre fue quien lo animó a viajar a Lima. Una vez instalado en la capital tuvo que trabajar y estudiar. Tuvo que lidiar con muchos obstáculos que se le presentaron en el camino. En el colegio le hacían bullying por muchos motivos; por ser bajito, los cachetes rojos- serrano le decían- y por llamarse Anatolio. Qué nombre se le ocurrió a su padre. Se defendió a puñete y patadas contra aquellos chistosos compañeros del colegio que lo querían agarrar de cojudo; se defendió como se debe, como varón. Abandonó los estudios y se dedicó a vender cosas en la calle. Tenía que sobrevivir, su tío llegó una vez borracho y le sacó en cara todo. Él llorando dijo que se iba de la casa. Una noche se fue y ya no regresó.



Solo y sin ningún sol en bolsillo empezó limpiando lunas  de los vehículos parados por el infernal tráfico limeño. Reunió en un mes lo suficiente como para comprar algo de mercadería para vender igual en los semáforos que eran su gran aliado para su "chamba". Se hizo ambulante y vendía de todo, caramelos, gelatinas, gaseosas, tapasoles, en fin todo lo que le reportaba dinero. Siempre en el centro de Lima.

Decidió cambiar de aires y se fue a trabajar al centro financiero de San Isidro, distrito pituco, donde los serenos corretean y son implacables con los trabajadores de la calle. En más de una ocasìon Anatolio fue correteado, golpeado por defender su capital de trabajo. Y no solo él, sus demás compañeros también corrían la misma suerte. Lo peor de todo, los empleados del municipio se "tragaban" todo lo decomisado.

La venganza estaba planeada, una mañana Anatolio se levantó muy temprano, y empezó a preparar sus ricas chocotejas, pero como sabía que algún momento lo iban a corretear y quitarle todo decidió ponerle una porción bien calculada de una sustancia para matar ratas. Una vez preparada la chocotejas con su regalito mortal, se fue sigiloso a su centro de trabajo, las calles de San Isidro.

Simulaba que vendía, solo esperaba que los serenos lleguen y empiecen a decomisar; efectivamente llegaron, Anatolio para que todo salga de lo mas natural corrió, forcejeo, igual le quitaron sus chocotejas. Esta vez no se fue con rabia ni al borde del llanto sino esgrimía una sonrisa diabólica, como diciendo: ya se jodieron estos pendejos, ahora me las pagan.

Ocho hombres del serenazgo casi mueren envenenados, se salvaron por que Anatolio no concentró bien la mezcla mortal. Él solo quiso asustarlos y cobrar venganza por todo lo que le hicieron y por lo que perdió. Sabiendo que lo buscariàn viajó ese mismo día a su natal Ayacucho y no retornó en cinco años hasta que la marea baje. Aliviado regresó a Lima, no pasó nada y ahora es un próspero empresario de ropa en Gamarra.



  



sábado, 28 de febrero de 2015

EL ORDEÑADOR

El vehículo policial se desplaza por una calle de una zona movida, picante de la ciudad, son las cuatro de la tarde, los vecinos observan con sorpresa, creen que están patrullando las calles, y se sienten aliviados. Dos policías van en la patrulla, están cautelosos, un poco nerviosos, miran para todos lados. El que conduce tiene mirada penetrante y cara de perro flaco con secuelas de acné en la cara; el copiloto es un tanto bonachón pero con cara de chancho, cabello hirsuto, lentes oscuros, la panza prominente digna de la mayoría de los efectivos del orden.

Después de dar vueltas de manera sospechosa la puerta de un taller se abre automáticamente, el patrullero entra y se ubica en la zanja; las puertas del taller se cierran con la velocidad de un rayo. Los vecinos creen que el vehículo esta averiado y entra a reparación.





En cuestión de segundos aparece el propietario del taller y se saluda con los policías, se abrazan, ríen, bromean; de inmediato ingresa a la zanja y empieza a extraer la gasolina del patrullero con unas mangueras que van directo a unos baldes grandes cual ordeñador succiona las tetas de la vaca y deja al vehículo solo con la reserva de combustible. Culminado el pillaje, mete la mano a uno de sus bolsillos y saca 150 soles que entrega a los policías ladrones, que se reparten  fifty- fifty sin dejar de lanzar carcajadas, como diciendo estamos ganadores, somos vivarachos robándole al estado, y a los peruanos.

Esa es una de las mil formas de corrupción policial, hay muchas historias incluso denunciadas por la prensa pero el castigo no es más que rotar a los policías delincuentes mandándolos a otra zona o distrito; no hay un castigo severo, todo queda en el entorno, porque entre ellos se tapan todos los latrocinios. Si se hace una limpieza en la policía nos quedaríamos desamparados porque la mayoría son corruptos, quedan algunos honestos que contaríamos con los dedos de la mano y eso es lamentable.



sábado, 31 de enero de 2015

ALCOHOLISMO

El café con leche estaba en la mesa humeante, junto a una hamburguesa grande con queso y papas, Rafo se devoró el sándwich, su papá lo queda mirando perplejo con los ojos nublados a punto de llorar y le dice: hijo toma tu leche, él dice: no viejo, no lo deseo; solo quiero tomar una limonada bien helada porque estoy con una resaca de los mil demonios. El padre se retira, pero esta vez se fue llorando en silencio, quizá se sentía culpable de ver a su hijo en la lona, alcohólico, la ropa sucia, maloliente.


Rafo, 51 años, mil oficios, alcohólico, every day tomaba su chata de ron, cuando no lo hacía se ponía mal, el cuerpo le temblaba, las manos parecía que tocaba maracas sin tener las maracas. Su problema se agravó cuando su mujer lo dejó por que todas las noches llegaba con tufo a alcohol, fue el tiro de gracia para Rafo, no aceptó que su guapa mujer lo dejara, desde entonces se echó al abandono, nunca más fue el mismo, lo despidieron del trabajo, se dedicó a cuidar coches en las calles de Lima; ganaba de 30 a 40 soles diarios, de los cuales gran parte era para comprar las chatas de ron que guardaba en el bolsillo de su casaca.


Su padre era militar y al verlo alcohólico, le dio la espalda, le negó la casa, no quiso verlo, era la oveja negra de la familia. Desde entonces Rafo dormía en cualquier lugar, y los carros abandonados eran su refugio, su guarida, donde bebía a todo dar y dormía todo el día porque en la noche cuidaba los coches.

Cuando le iba bien guardaba algo de billete, y de vez en cuando se alojaba en hostales de baja reputación en el Cercado de Lima. Lo peculiar de esos tenebrosos lugares era que en una habitación dormían cuatro como en el cuartel y en viejos camarotes, y era preferido por los recicladores, putas de medio pelo y mil oficios como Rafo. 

La ultima vez que lo vi fue al mediodía de un apacible domingo a pocos días de la ultima navidad, estaba ebrio, totalmente sucio, caminaba por medio de la pista de una transitada avenida e intentó subir a un microbus que lo lleve a algún lugar. El conductor del viejo carro lo esquivó como un buen torero lo hace con el pobre toro; Rafo levantó las manos lanzando una maldición. Nunca más lo volvería a ver.



A pocos días de ese incidente, trabajó duro y ganó buen dinero y decidió relajarse un par de días. Como siempre compró su inseparable "chata" de ron que era como un combustible para seguir firme, adelante; esta vez no quiso dormir en la calle y optó por ir a ese hostal triste, de mal aspecto, de alto tránsito, donde las putitas de baja estofa entran y salen; esos hostales que le llaman de "mala muerte", sin saber que encontraría la misma muerte, porque al día siguiente no despertó, lo encontraron frío. Rafo, el mil oficios, se había ido al otro mundo.









martes, 30 de diciembre de 2014

LABERINTOS DE FIN DE AÑO

El calzoncillo amarillo de Javicho está listo para ser estrenado en la noche de año nuevo, dicha prenda intima fue regalada en los ajetreados días navideños, fue el regalo más "misio", bueno es un decir por que de los seis presentes que recibió todos no pasaban de los veinte soles cada uno. El que le pareció atractivo fue un  reloj de pulsera que a simple vista se veía lindo; luego de revisarlo y abrir bien los ojos se dio cuenta que era un made in China.

En los intercambios de regalos y amigos secretos hay cada sorpresa y mucha desazón. Javicho siempre pierde; todos los años sus compañeros de trabajo lo tienen de "lorna", pero él, sí se esmera en dar algo decoroso, sin embargo recibe presentes comprados a ultimo momento a juzgar por el precio y las marcas.

La chica guapetona por la cual Javicho babea recibió un perfume que no baja de 200 soles, él quiso sorprenderla, pero ella le dio un estuche para su celular que está a dieciocho soles,  lo que consoló al hombre fue el beso que le estampó la chica que lo dejó sin respiración.



Ya pasó navidad y Javicho solo espera la fiesta de fin de año y estrenar su mejor traje, incluyendo su calzoncillo amarillo de seis soles, que alguna desconsiderada le regaló; él no se hace bolas con el tema, se ríe no más, sabe que la vida en algún momento le regalará una sorpresa grande; por que en esta vida todo es compensado y él lo sabe.

La fiesta de año nuevo será en su barrio, una zona movida, donde abundan los palomillas, y los festejos son a todo dar con quema de muñecos y el baile es en plena calle matizado con muchas cervezas, tragos baratos y todos se divierten hasta que salga el sol.

Javicho quemará dos muñecos, uno de Manuel Burga, ese caradura que destrozó el fútbol peruano, y el otro la del presidente Ollanta Humala, por sacolargo, pusilánime, por mentirle al pueblo que el gas bajaría a doce soles y por encamarse con los poderosos de la derecha.

Asì llegará el 2015 para  Javicho que dejará atrás el 2014 que fue malo, no tuvo novia, se quedó sin "chamba" como dos meses y el día de su cumpleaños, lo asaltaron, le arrebataron todo, lo dejaron en calzoncillos, esta vez rojo, y él se seguirá preguntando hasta cuando el ministro "figureti" del Interior que tenemos acabe de una vez con los ladrones, extorsionadores, "marcas"; aunque eso está más difícil que Perù clasifique al mundial y que Fujimori, Alan Garcìa, y Alejandro Toledo digan la verdad si son ladrones.